viernes, 29 de abril de 2011

La Mediocridad de las Reformas Posibles

Todo a media luz. Así vivimos en México, melancólicos como la mayoría de los tangos. Todo a medias, no acabamos nada. El ejemplo más indicativo de esta mediocridad nacional (aparte de los deportes, desde luego) es el Poder Legislativo. La única constante desde la llegada de la famosa pluralidad legislativa en 1997, es la mediocridad: todo hecho mal, a medias y a la carrera.


A estas alturas ya hemos visto de todo. Una reforma energética que proponía el PRI y que vetó el PAN. Luego la misma iniciativa presentada por el PAN, vetada por el PRI. Al final no se aprobó ninguna de las iniciativas como venían escritas y se aprobó un híbrido que no sirve para nada, pero fue, como le dicen, “la mejor reforma posible”. Y eso ha sucedido con todas las reformas, la laboral, la fiscal, la política, la de seguridad, y la que se nos ocurra. Hemos visto como reformas importantísimas para el país son escritas con cuidado y pulcritud por expertos sectoriales, para después llegar al Legislativo en donde serán leídas y discutidas por legisladores ignorantes y negligentes que las descuartizarán, editarán y aprobarán o rechazarán según les ordenen los líderes de sus partidos, no el interés de la Nación.


Y como aquí en México, no conocemos lo mejor de nada, porque “la mediocridad de lo posible” ha sido la divisa, como pueblo hemos aceptado vivir en un país que avanza al paso que las vendettas políticas de nuestros legisladores y sus partidos lo permiten.


Ahora que estamos terminando el periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión, vemos el mismo patrón de los últimos 15 años: todos los legisladores aprobando leyes al vapor tratando de justificar su inútil existencia. Aparte, todos los temas importantes, los que realmente tienen impacto en la vida de la Nación, son manejados en el Legislativo por unos 50 ó 60 Diputados y por unos 30 Senadores. El resto de los Legisladores, ya hemos visto, están tonteando con los iPads que les hemos pagado los contribuyentes con nuestros impuestos. Ahora hay que esperar a que salgan a justificarse diciendo que las fotos que los delatan “están sacadas de contexto”.


La política hecha por la partidocracia está llegando a sus límites y muy posiblemente a su fin. Los partidos en México se han conducido como el Secretario de Estado, John Foster Dulles, se refirió a su país diciendo que “Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses”. Creo que con las recientes alianzas entre PRD y PAN y las divisiones entre Senadores y Diputados Priístas, esta muy claro que en México los partidos no tienen principios, ni amigos ni valores, sólo tienen intereses.


Con el hartazgo generalizado de la población y el desgaste de la fórmula de hacer política exclusivamente mediante partidos, la famosa reforma política que permitiría la reelección de nuestros legisladores podría ser el inicio de un cambio radical en el balance de poder en el Legislativo. Los flamantes Diputados y Senadores que tendrían la opción de reelegirse en base a los resultados que entreguen a la ciudadanía –no a los cacicazgos de sus partidos- podrían comenzar a enterarse por primera vez de las necesidades de sus distritos y de qué reformas convienen y cuáles no a su gente.


Tal vez comenzaríamos a recibir alguna visita, ahora inimaginable, de nuestros Diputados y Senadores para alguna reunión tipo asamblea abierta (como los famosos “town hall meetings” que hacen los congresistas y senadores gringos con la gente de sus distritos) para intercambiar ideas y para que nos expliquen por qué si o por qué no apoyaron tal o cual iniciativa.


Queda ver si al final la reforma se aprueba. Yo tengo mis dudas. Los partidos tienen una franquicia invaluable, que es el monopolio legal sobre el acceso a la política y a todos sus puestos por la vía institucional. También manejan un montón de dinero que tú y yo les damos para que jueguen a la política y conduzcan los destinos del país. Sin incentivos reales para dejar voluntariamente esta millonaria e influyente franquicia, no veo que los partidos suelten los jugosos privilegios de que gozan para dejar que Juan Pérez se postule sin ellos y que piense por sí mismo y por su gente. Veremos en las siguientes semanas, en un periodo extraordinario de sesiones del Congreso, si se aprueba la reforma política íntegra, o nos salen con otra mafufada que llamarán “la mejor reforma posible”.


pesquera@gmail.com

lunes, 18 de abril de 2011

Cómo ganar la Paz: Aprendiendo a comer sopa con un cuchillo, lecciones para México


T.E. Lawrence es mejor conocido por la interpretación que Peter O’Toole hizo de su persona en la película Lawrence de Arabia, sin embargo, poca gente conoce el trabajo de Lawrence y menos lo relaciona como uno de los primeros escritores, estudiosos y practicantes de la guerra limitada y conflictos de baja intensidad del siglo XX. Cuando en una ocasión se le preguntó a T.E. Lawrence sobre cómo derrocar a una guerrilla de insurgencia, él contestó que el proceso era similar a intentar comer sopa con un cuchillo: lento y desastroso.


Los ejemplos más estudiados de guerrillas de insurgencia y urbana, son el caso del conflicto entre árabes y turcos a principios del siglo pasado (en la que participó T.E. Lawrence), el de las fuerzas de Mao contra el poderoso Chiang Kai-shek, el del FNL de Argelia contra el Estado Francés, el de las fuerzas independentistas de Malaya (ahora Singapur) contra Gran Bretaña y el que libraron el Vietcong y actualmente pelean los talibanes en Afganistán y las tribus religiosas de Irak contra las fuerzas de Estados Unidos. Todos los anteriores son ejemplos de conflictos asimétricos, en los que un gran ejército se ve forzado a combatir a un enemigo menor en tamaño y recursos, pero no en eficacia.


Todos los estudios y bibliografía sobre los conflictos anteriores arrojan un común denominador: las guerrillas han ganado o van ganando. En el libro “Fiasco, la Aventura Militar de Estados Unidos en Irak” , Thomas Rick recuerda una anécdota sobre la firma de la paz en Vietnam en la que un altanero oficial del ejército americano le dice a un general del Vietcong “ustedes nunca nos pudieron vencer en el terreno de batalla” a lo que contestó el general vietnamita “eso tal vez sea cierto, pero también es irrelevante”.


La abrumadora evidencia empírica de cómo han perdido los grandes ejércitos contra grupos insurgentes, llevó en 2003 a un grupo de oficiales de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos a replantearse las estrategias utilizadas para combatirlos. La conclusión fue, palabras más, palabras menos, que los grandes ejércitos, sujetos a una idiosincrasia militar rígida, tienen poca flexibilidad y capacidad de adaptación y aprendizaje para enfrentar retos nuevos. En castellano esto quiere decir que el ejército estadounidense no ha entendido que en la actualidad, y aún con las amenazas de Corea del Norte, Irán y algún otro bravucón, Estados Unidos muy probablemente no se verá comprometido en el futuro en una guerra contra otro estado-nación, sino contra grupos terroristas, de guerrilla e insurgencia a lo largo y ancho del planeta y necesita aprender a combatirlos.


Uno de los líderes de este grupo de militares es el Teniente Coronel Isaiah Wilson III, miembro activo de la Armada de Estados Unidos y profesor de la Academia Militar de West Point y de la Universidad de Columbia, quien alertó en 2004 de los claros riesgos de “perder” las guerras en Irak y Afganistán por falta de planeación operacional, esto es, por falta de planes sobre cómo terminar la guerra contra los grupos tribales que quedarían sueltos después de derrotar a los talibanes y a Saddam.


Wilson habla de la incapacidad de los grandes ejércitos y en especial del de Estados Unidos, no para ganar guerras, sino para ganar la paz. Este grupo de militares lucha por cambiar las estrategias y tácticas militares actuales, por un nuevo enfoque que ellos llaman “la nueva guerra holística”, esto es, ver y pelear la guerra como un elemento complejo y total de 360 grados y no simplemente como la parte del enfrentamiento bélico en el que Estados Unidos invariablemente gana de manera abrumadora, pero que no garantiza estabilidad y paz al final de la acción militar.


En México tenemos un híbrido de narco-insurgencia, que presenta diferencias fundamentales a las guerrillas de insurgencia citadas al principio de este escrito siendo las más importantes que el crimen organizado no busca derrocar al gobierno -aunque sí ha conseguido tomar posiciones de gobierno en decenas de municipios y estados del país- y su motivo es puramente económico. Otra diferencia es que la asimetría del conflicto favorece al enemigo y no a las policías y Fuerzas Armadas del país. El crimen organizado cuenta con más dinero y armas sofisticadas que nuestros policías y soldados y definitivamente han puesto en entredicho el monopolio que el Estado Mexicano debería tener sobre el uso de la fuerza en el país.


La manera en que estamos librando esta batalla hace pensar que nuestros generales, empezando por el Primer Comandante de las Fuerzas Armadas, no han aprendido de ejércitos mucho más poderosos que el mexicano como el norteamericano, el británico y el francés, que han perdido las guerras de insurgencia –o conflictos de “baja intensidad”- que han peleado en los últimos 50 años.


Un nuevo enfoque de guerra holística para combatir al crimen organizado en México tendría que agregar al elemento bélico una reestructura de raíz de nuestro sistema judicial, penitenciario, de la formación de nuestras policías, de educación, desarrollo económico y combate al consumo de narcóticos en el país. Necesitamos ver la guerra como un todo. Esta estrategia de combate no se puede planear solamente desde Lomas de Sotelo. Corresponde a las Cámaras sentar las bases para que al mismo tiempo que aventamos y recibimos balas, se fortalezca la estructura del Estado Mexicano y se comience a cargar la balanza de nuestro lado y no del de los criminales.


Si no entendemos el conflicto de esta manera y no aprendemos de las experiencias –malas por cierto- de ejércitos con tradiciones e historial bélico superiores al nuestro, estamos condenados a seguir luchando esta guerra por décadas tal vez, sin estar ganando terreno significativo al enemigo. Estamos, literalmente, aprendiendo a comer sopa con un cuchillo.


*El título de este escrito es también el del libro “Learning How To Eat Soup With a Knife” de John Nagl y lo utilicé por considerarlo de extraordinaria aplicación para el tema que abordé.

jueves, 7 de abril de 2011

Violencia y Deshonra

El miércoles 6 de Abril se realizaron múltiples marchas a lo largo y ancho del país pidiendo un alto a la violencia en México. Las demostraciones de indignación por lo que ocurre en todo el territorio nacional son muestra, una vez más, del hartazgo de la población por la clara incapacidad de nuestros líderes para poner orden en un país que corre como caballo desbocado hacia un precipicio. Uno de los factores que más ha agraviado a la sociedad, es la manera en la que se han tratado a los difuntos de esta lucha-guerra-combate o como se le quiera llamar, contra el crimen organizado.


Los casos y expedientes de miles de muertos –ya no se sabe si son 30, 35 ó 40 mil- que aparecen diariamente en las calles, caminos, carreteras y puentes de nuestro país, están destinados a ser desechados por las autoridades que no tienen capacidad para investigar, perseguir y sancionar a quienes han cometido estos miles de homicidios. Cuando los muertos son producto del fuego entre autoridades y delincuentes se puede concluir, sin investigación alguna, que las personas que enfrentaron con armas de fuego a la policía o al Ejército eran delincuentes. Pero quienes no cayeron en combate directo con la autoridad, sino que fueron producto de ejecuciones aisladas, corren otro destino.


Cada que aparece un muerto con una cartulina clavada, las autoridades en automático encasillan el caso en alguna variante de ajuste de cuentas entre el crímen organizado y sistemáticamente desechan la investigación. El resultado de esta clasificación “de oficio” en la que los muertos que aparecen con una manta o cartulina son relacionados con el crímen organizado, tiene múltiples efectos, todos negativos para la administración de Justicia y para la sociedad. Analicemos dos.


Primero, cuando el Estado renuncia a iniciar investigaciones por estos homicidios, que de oficio le tocaría, está creando una jurisprudencia ilegal al sentenciar de la misma manera todos los casos de homicidios en los que los cuerpos aparecen con una cartulina . Al mostrar incapacidad, negligencia o ambas en la clarificación de estos delitos, el Estado está dando incentivos a que se cometan homicidios no necesariamente relacionados al crimen organizado y que por sus características, las autoridades declararán como casos cerrados o resueltos al tener el sello de la delincuencia organizada. Bajo esta lógica, podría haber homicidios pasionales, por diferencias personales, por diferencias en negocios y por múltiples motivos que, al incluir una manta o cartulina clavada en la escena del crímen, automáticamente serán catalogados como ajustes entre narcos y listo, al siguiente caso. Esto es tan ridículo como que se desechara la investigación de violaciones, por ejemplo, porque todas incluyen violencia sexual.


El segundo aspecto que quiero analizar en esta ocasión, es el daño que se causa a las víctimas y a las familias de personas que no eran parte del crimen organizado y que han aparecido sin vida con estas consignas. Si un marido celoso asesina a su esposa, la arroja a la carretera y le pone una manta con consignas del narco, la víctima y su familia cargarán con el estigma de que la difunta era una delincuente. Y como suele suceder en este país, cae en el agraviado la responsabilidad de descargar pruebas de inocencia, ante un sistema Judicial que asume culpabilidad de facto en todos nosotros. Algunos pocos han podido limpiar su nombre, como el caso de los estudiantes del Tec, pero bajo las condiciones actuales es, más que probable, un hecho que han fallecido centenas o miles de personas inocentes en deshonra y sin posibilidad alguna de que su memoria sea reivindicada.


Aunado a las marchas pidiendo el cese de la violencia, debería erigirse un monumento a la memoria de quienes han fallecido injustamente y en deshonra en esta coyuntura que, aunque no le guste llamarle así al Presidente Calderón, es una guerra.



pesquera@gmail.com

viernes, 1 de abril de 2011

Max Weber y Las Revoluciones Armadas de Facebook y Twitter


Dicen que algo vuela en el viento que contagia el ánimo de las personas y de los pueblos. Pasó en 1810 cuando los países de las colonia españolas en América se independizaron de la Corona. Luego, en 1848 hubo una serie de revoluciones en Europa de la que sólo se libraron unos pocos países. En 1968 hubo movimientos estudiantiles en Francia, México, Polonia, Estados Unidos y muchos países más.


En ninguno de los casos antes citados existía alguna herramienta de comunicación en tiempo real y masiva que pudiera incitar a tanta gente a realizar esfuerzos coordinados por una causa común. Si acaso en el ‘68 ya había TV, pero era un instrumento muy débil comparado a la televisión de nuestros días.


El malestar y levantamiento en armas de la mayoría de los pueblos árabes del Norte de África y de otros países musulmanes en Medio Oriente sin duda representa un punto de inflexión para la historia de ésos pueblos, un antes y un después del 2011. Habrá que seguir con cuidado su desenlace, pues como decía el político y escritor irlandés Edmund Burke a finales del siglo XVIII, “muchos de estos nuevos comienzos, frecuentemente tienen infames y lamentables conclusiones”.


Casi un siglo después de Burke, el sociólogo alemán Max Weber planteaba tres tesis por las cuales los ciudadanos obedecían a sus gobernantes. La primera era “la autoridad del ayer eterno”, ahora estudiada como prestigio histórico. La segunda era “la autoridad del extraordinario don de la gracia” o el carisma del mandatario. La tercera era “la dominación en virtud de la legalidad” o dicho de otra manera, el orden y la justicia.


En Latinoamérica y en México en particular, somos amantes de la primer tesis de Weber, el prestigio histórico. Somos enfermizamente proclives a ver a un pasado glorioso que para el mundo no existe, y esto no me lo invento yo: los libros de historia dicen que como Nación hemos tenido poca relevancia en prácticamente cualquier contexto, sea militar, artístico, científico o político. No quiero decir que padezcamos de pobreza cultural, pues agraciadamente tenemos una rica cultura y tradiciones, pero en el ámbito internacional no ostentamos ningún logro ni mediano aunque sea, por el cual debamos estar profundamente orgullosos de nuestro “prestigio histórico”. Algunos países que se encuentran actualmente en crisis que sí gozan de ese prestigio histórico son los egipcios, los griegos y los españoles, por citar a algunos.


Pero a pesar de que carecemos de ese linaje histórico internacional, la mayoría de los mexicanos estamos enamorados del pasado. No tengo ninguna encuesta para sustentar mi siguiente afirmación, pero creo que el sentir de la mayoría de los mexicanos es que nuestros mejores días están en el pasado.


Respecto al segundo punto de Weber, “el carisma del mandatario”, en México solíamos ser blandos ante los líderes carismáticos. Las figuras de Juárez, Madero, Cárdenas, y otros tantos más de nuestro pasado, son sagradas en la psique del mexicano. Pero después de Díaz Ordaz, la figura presidencial se ha devaluado y hoy pocos mexicanos vemos, ya no digamos con admiración, sino con un poco de respeto a nuestros presidentes. Ni que hablar de los legisladores, gobernadores y de los partidos políticos en general, que se han vuelto los villanos preferidos del pueblo.


Sobre el orden y la justicia, el último punto de Weber, no hay necesidad de gastar mucha tinta para comentarlo. No somos un estado fallido como maliciosamente se nos quiso etiquetar hace un año, pero sí somos un país en donde reina la impunidad, no la justicia. Aquí el político, lo mismo que el burócrata, el delincuente y el empresario corrupto hacen lo que quieren porque tienen un gran incentivo para delinquir: nadie los investigará y nadie los sentenciará. Las cárceles, como se dice vulgarmente, están llenas de jodidos, no de culpables y para muestra ahí está el documental “Presunto Culpable”.


Nuestros políticos nos toman por títeres electoreros que somos de utilidad cada tres y cada seis años, e ignoran que el sentimiento de frustración e impotencia de la gente es universal, no particular a alguna región o cultura: en estos temas no somos diferentes de los egipcios, sirios, marroquíes y libios. Los partidos políticos, los verdaderos dueños del balón en México, deben entender que en esta época de revoluciones emanadas de Facebook y Twitter no tendrán tiempo para enmendar cuando les explote el cuete en la mano.


Dice la historia que le preguntó Luis XVI a su confidente el Duque de La Rochefoucauld-Liancourt: ¿qué es éste desorden, un motín? Él le respondió: “No, Majestad, es una revolución”. No parecería difícil imaginar que Mubarak hizo la misma pregunta antes de salir. Nuestros políticos ven con lejanía lo que pasa en Medio Oriente y les cuesta entender el gran poder que ha tomado la gente con las redes sociales. ¿No ven la agresividad contra los políticos que usan Twitter? La gente está enojada. Éste es un buen momento para que nuestros gobernantes y políticos reflexionen y se pongan a trabajar para mejorar un país que no puede aguantar ni un minuto más de arrogancia y negligencia. O bien, que pongan sus barbas a remojar, pues las del vecino en Egipto han sido cortadas hace un twit y dos mensajes de texto. Así de cerca estamos de Egipto en estos días.


pesquera@gmail.com

jueves, 24 de marzo de 2011

No saldré a votar porque no están dadas las condiciones


En general, molesta que nos digan que las cosas no se pueden hacer, sobretodo cuando percibimos que la negativa no es resultado de un impedimento físico, legal o técnico, sino simplemente falta de voluntad, pereza o negligencia de la persona que está al otro lado del mostrador o del teléfono.


Los numerosos trámites que tenemos que hacer frente a las autoridades o frente a bancos, Telmex, la empresa del cable, la CFE y otras entidades, parece que están sistemáticamente diseñados para que la persona del mostrador no tenga facultad alguna para resolverlos. Ésa es la misma arquitectura de nuestro actual sistema político monopolizado por los partidos: aquí no se puede hacer nada y no hay nadie que responda ni nadie de arriba que nos pueda solucionar los problemas. Por lo menos cuando hablas a tu compañía celular te dicen que la llamada podría ser grabada por motivos de calidad en el servicio. Nuestros legisladores ni nos ven, ni nos oyen y les vale madre la calidad del servicio que nos dan.


Invito a mis lectores más jóvenes a que busquen en YouTube algún sketch del programa “¿Qué Nos Pasa?” de Héctor Suárez de hace de 25 años, y que busquen al personaje “Tá Difícil”. Descubrirán una joya del humor mexicano y se darán cuenta qué poco ha cambiado el país en cinco lustros.


El domingo pasado Román Revueltas publicó en Milenio una nota titulada “El problema es que la propone Manlio” que hablaba de cómo la propuesta de reforma fiscal de Manlio ha sido boicoteada, sólo porque él la propone. No hay interés en analizarla a fondo, simplemente como la propuso Manlio, hay que desecharla. Y no es que yo esté de acuerdo ni en lo general ni el lo particular con la manera en la que el Senador Beltrones se conduce. El objeto de mi reflexión es hacer notar que si la propuesta la hubiese hecho cualquier otro legislador de talla, de cualquier otro partido, también se hubiera topado con pared. Aquí el nombre del juego de nuestros legisladores es “que no se apruebe nada si no lo propongo yo” y la explicación que siempre salen a dar para justificar su negligencia es “que no estaban dadas las condiciones”.


En otras columnas yo he hablado también sobre la parálisis política que hay en el país porque ningún partido votará a favor de alguna iniciativa relevante propuesta por sus opositores. Esto es especialmente evidente si la iniciativa es tan buena y traerá tantos beneficios a la Nación que quienes la bloquean no pueden ostentar el mérito. Dice Román “No tenemos remedio. La llamada “generación del no” exhibe su indefectible vocación política: oponerse a todo ofreciendo, a cambio, la muy dudosa facultad de no hacer nada. El propósito es que nadie pueda, en este país, colgarse la medalla de haber alcanzado un logro si a dicho provecho no se le puede asignar la propia autoría”.


Y ahora estamos a la vuelta de la esquina de llegar de nueva cuenta a la elección presidencial. La elección en el Estado de México marca el banderazo de salida para las elecciones generales del 2012, y también marca el banderazo para que de nueva cuenta, los políticos se ocupen y preocupen de nosotros, los ciudadanos. Y no es que se preocupen particularmente por nuestras necesidades, sino que se ocuparán especialmente en conseguir nuestro voto.


Me gustaría ver un escenario en el que la Ley Electoral se cambiara para que las elecciones a Presidente de la República y a gobernadores no tuvieran validez si no vota al menos la mitad más uno del total del padrón electoral por un solo candidato, y que se tuvieran que convocar a nuevos comicios hasta que el candidato ganador reuniera ése mínimo de votos. Ahí los ciudadanos tendríamos verdadero poder.


Imagínense a los candidatos que no llegaron al 51% del padrón, rogándonos para que salgamos a votar de nuevo para darles la mayoría. Yo no iría a votar y escribiría en mi blog, en mi muro de Facebook y en Twitter: “hoy no saldré a votar, porque no están dadas las condiciones”. Claro que esto es un sueño. La verdad es que la “generación de no” hace lo que quiere (esto es, no hace nada) y para los partidos y los legisladores no somos nada ni nadie hasta que no se avecina la temporada de elecciones. ¿Cuándo mandaremos los ciudadanos en éste país? Tá difícil.


pesquera@gmail.com

viernes, 18 de marzo de 2011

Soberanía en el papel


Meses después de la toma de protesta de Barack Obama, el famosísimo Air Force One, escoltado por un F-18, sobrevoló a baja altura y velocidad el sur de Manhattan para que se pudiera tomar una foto del avión presidencial con la Estatua de la Libertad como fondo. El recuerdo de los atentados del 11 de Septiembre volvió a las mentes de los neoyorquinos y de sus vecinos en New Jersey, quienes en pánico salieron de edificios de oficinas y residenciales, esperando lo peor. Unos días después despidieron a Louis Caldero, el burócrata de medio pelo que orquestó la costosísima foto, y el gobierno fue objeto de la ira pública y de la burla del programa semanal Saturday Night Live.


El comediante Seth Meyers sugirió a la Casa Blanca que usaran PhotoShop para la foto oficial del famoso avión y continuó la mofa mostrando al Air Force One en graciosos montajes fotográficos volando sobre las pirámides de Egipto, y en diferentes lugares, incluso, en una de ellas volando con el transbordador espacial al lado.


Aquí en México hay un escándalo tremendo por la revelación de que vuelos no tripulados de aviones del gobierno de Estados Unidos, realizan tareas de vigilancia e inteligencia en el territorio mexicano. “Han violado nuestra soberanía”, dicen enrollados en la bandera tanto legisladores de todos los partidos, como comentaristas del famosísimo circulo rojo.


Así como Seth Meyers le recordó a la Casa Blanca que había PhotoShop, yo les recuerdo que hay desde hace más de medio siglo unos artilugios que se llaman satélites artificiales que recorren órbitas predeterminadas por encima de la atmósfera terrestre. Gracias a ellos hay telecomunicaciones, Internet y Google Earth.


Los países con la tecnología militar más sofisticada, incluyendo a Estados Unidos, Israel, China, Reino Unido y Francia, por mencionar algunos, tienen satélites que pueden leer las placas de un coche y seguir movimientos en tiempo real de personas y vehículos. A nadie parece molestarle que éstos satélites puedan inmiscuirse en tareas de espionaje e inteligencia, ya no digamos sobre México, sino sobre cualquier parte del mundo. Es un hecho que está ahí y punto.


Aparte del agravio y ofensa que estos aviones invisibles han impuesto a la Nación, quiero hacerles algunos apuntes sobre soberanía, no constitucional, sino factual.


La única soberanía de la que podemos estar ciertos, es la que pintan esas líneas punteadas en los mapas que delimitan nuestras fronteras con otros países. Por lo demás, estamos a expensas de lo que pasa en un mundo interdependiente e interconectado.


Algunos ejemplos: padecemos una guerra en nuestro territorio por el deseo de Estados Unidos de consumir drogas y por la producción de la misma que hay en Colombia. La crisis financiera global iniciada en Estados Unidos afectó al empleo y a la producción en México. Las guerras y conflictos en Medio Oriente moldean el precio del petróleo afectando el flujo de caja de nuestro país. La eficiencia y competitividad de los países asiáticos acabará inexorablemente con millones de empleos de manufactura en México, Europa y Estados Unidos. El tipo de cambio de la moneda China es uno de los principales enemigos de los exportadores de México y el mundo entero. El desarrollo de las redes sociales y su efecto en la política internacional es un fenómeno que aún no acabamos de comprender, pero en lo que va del año ya hemos visto caer a varios gobiernos como resultado de la proliferación de estas herramientas de comunicación al alcance de todo el mundo. Sólo una fracción del sistema financiero mexicano está en manos de mexicanos y estamos viendo como cada vez con mayor frecuencia gente preparada en las mejores universidades se mueve a los lugares en los que encuentra las oportunidades laborales más redituables, lo que ha generado un éxodo de mexicanos altamente calificadas a esos destinos que premian sus habilidades y conocimientos.


A mí en lo personal no me afecta que aviones gringos sobrevuelen México buscando narcos, ni que los agentes de la DEA en el país traigan pistola, ni que trescientos satélites tomen fotos de mi casa desde el espacio. Yo lo que quiero es que mis legisladores -que le cuestan una fortuna al país- aprueben leyes que me den más oportunidades de negocios, no que las obstaculicen, que pasen leyes que generen más empleos, que permitan que el mercado laboral sea más flexible, que hagan que todo el mundo pague impuestos parejo, que mejoren la educación de nuestros niños y jóvenes, que me den seguridad física y jurídica y que hagan de México un país más competitivo. Eso, en mi opinión, es proteger la soberanía. Lo demás son cuentos y demagogia de gente torpe que ignora que la líneas sobre los mapas se están desvaneciendo día a día.


pesquera@gmail.com

jueves, 10 de marzo de 2011

El Presidente propone, el partido dispone

Algunos dicen que los medios sacaron de contexto lo que dijo el Presidente Calderón respecto a la posibilidad de que el PAN acepte candidatos ciudadanos para las próximas elecciones de 2011 y 2012. Pronto salió la gente del partido a decir –o corregir- que lo que Calderón quiso decir es que para las diputaciones, alcaldías y otros puestos (aparentemente de menor monta que la candidatura a la Presidencia de La República) el partido debería aceptar a los mejores candidatos, aunque no fueran del PAN. El tono de las aclaraciones fue subiendo hasta que finalmente el PAN ya dijo categóricamente que no quiere y no necesita candidatos ciudadanos, que tienen harta gente de primera y que con ellos tienen para todos.

Por su parte el PRI no sólo no ha abierto el debate a los candidatos ciudadanos, sino que quiere poner más candados para que única y exclusivamente las personas afiliadas a los partidos puedan acceder a puestos de elección popular. Del PRD hay poco que decir. Vamos, ellos no se pueden poner de acuerdo ni siquiera para que miembros de su propio partido vayan con apoyo unánime a las diversas elecciones de los siguientes meses.

Yo he apuntado en otras ocasiones que -como decía Ortega y Gasset refiriéndose a España- la política mexicana es notable por la ausencia de los mejores. Y entre muchos otros, hay dos factores que se suman para la actual decadencia política que reina en nuestro país. Primero, “los mejores” no quieren arremangarse la camisa y meterse al cochinero de la política, y prefieren dejar esos espacios libres a muchos mediocres y vividores de la grilla. La segunda, que refuerza a la primera – o si acaso es un disuasivo para que “los mejores” no se involucren en la política- es que los partidos no quieren a los mejores. Los partidos son auténticas cofradías que poseen las llaves maestras para todo lo que pasa o deja de pasar en México. Sea nombramientos de funcionarios y candidatos a legisladores y a todos los puestos de elección, así como la aprobación o no de reformas vitales para el país, los partidos son los dueños de la pelota y de la cancha. ¿Por qué deberíamos de pensar que un buen día, de la nada y de buena voluntad, los partidos se abrirán a la posibilidad de candidatos independientes? La mera idea es ridícula e ingenua.

El movimiento para que se dé éste logro -que puede parecer pequeño, pero que abonaría de manera indiscutible a la consolidación de la democracia mexicana- tiene que salir de los ciudadanos. Si la academia, empresarios, intelectuales y organizaciones de la sociedad civil no ponemos este tema sobre la mesa y empujamos para que suceda pronto, se irá quedando en el cajón de los buenos deseos de los políticos mexicanos, como ha sido el caso de la reforma energética, laboral, de telecomunicaciones y otras decenas más, que no se han aprobado en el Congreso porque no “se han dado las condiciones” para aprobarlas. “Las condiciones” para ellos son cálculos definidos en términos electorales y en posiciones políticas que les benefician o perjudican a ellos, solamente a ellos, no a la Nación.

Por lo pronto da risa y tristeza ver como la frase de la toma de posesión de Vicente Fox que decía “el Presidente propone y el Congreso dispone” ha degenerado en un lamentable “el Presidente propone, y el partido dispone”. Creo que queda muy claro quiénes mandan en este país.

pesquera@gmail.com